jueves, 26 de agosto de 2021

¿Porqué nos marca un libro?

Hace días me ronda esta idea por la cabeza. ¿Por qué deja tanta huella una lectura, un libro, un poema?

Recuerdo que los libros fueron siempre una inmensa compañía para mí, hasta los que debía leer para el colegio fueron consumidos con enorme avidez y quedaban meses circulando por mis estados de ánimo, dibujando pensamientos y reflexiones que aún hoy vuelven a emerger tomándome por sorpresa.

Entre las muchas lecturas que imponía la secundaria estaban las obras de teatro, un género que ha desaparecido casi en la literatura actual. A mí me fascinaba introducirme en aquellas páginas en las que el autor describía el escenario, el ingreso y la salida de los personajes y hasta la intensidad con la que se debían expresar las palabras. Era como si pudiera ingresar en la mente del escritor y desde allí yo espiara con sus propios ojos la historia que se deshilaba acto tras acto.

De las comedias a las tragedias, de la sátira a los dramas pasaban uno tras otro los libros por mis manos, por mi lectura en voz alta, por mi mente inquieta… Hoy recuerdo especialmente aquel libro de Alejandro Casona, Prohibido suicidarse en primavera, quizás por aquello de que el personaje que desencadena la historia, el Doctor Ariel, preocupado porque los miembros mayores de su familia al llegar a la etapa de mayor madurez perdían las ganas de vivir y decidían suicidarse decide estudiar la “psicología de fatalista”.

Me roba una sonrisa recordar esa maravillosa mezcla entre lo trágico de quien se acerca tanto a una salida tan terrible como el hecho de que exista un lugar donde intentar rehabilitar a los pacientes o en el caso de fallar en el intento brindarle los medios necesarios para cumplir su propósito, un juego en los giros de la historia que aparece permanentemente mientras se desarrolla la obra. La humanidad a lo largo de su supuesta evolución se ha debatido una y otra y otra vez entre ambas miradas, la fatalista por un lado o la esperanzadora por el otro, esa dualidad que nos eleva o nos hunde según el momento de nuestras vidas.

¿Será que es la permanente búsqueda del equilibrio lo que nos provoca a levantarnos al día siguiente?, ésta pregunta y otras aparecen desde que recordé este libro y por supuesto no tuve otra alternativa que volverlo a leer. Y es que hay clásicos que no deberíamos olvidar porque ahora que se habla tanto de las emociones, del pensamiento emocional de los seres humanos, es un buen momento para recordar aquellos textos que abordaron desde el teatro aspectos de la vida misma.

Y creo que aquí o allí está la respuesta a la pregunta que inicia esta nota, un libro nos marca cuando nos toca con su tinta y nos despierta a sentir las más variadas emociones, amor, pasión, odio, miedo, angustia, risa, llanto, desolación, esperanza, dudas y certezas.

Los invito a hurgar los clásicos del teatro en castellano y a descubrir cuán actuales son algunas temáticas, se van a sorprender, se los aseguro.

 

PD: Si buscan recomendaciones sólo tienen que hacer un CLICK y dejar su opinión o consulta.

María Julia Rodriguez


Patria y literatura

 Y otro 25 de mayo que atraviesa el tiempo, me pregunto cuánto sabemos a ciencia cierta de nuestra historia tan joven y controvertida. La literatura ha puesto en juego muchas de sus tradiciones, algunas convertidas en leyendas, otras en cuentos, novelas, ensayos. Pero de los libros que han transitado mis manos refiriéndose magníficamente a tramos de nuestro pasado hoy particularmente quiero destacar dos, uno para niñas y niños de 6 años en adelante, Los cuentos de la tía Clementina y otro para jóvenes de hasta los 100 años, Misteriosa Buenos Aires.

Los cuentos de la tía Clementina son una serie de relatos frescos, coloquiales, cargados de rasgos de época y llenos de pequeñas situaciones que describe una nana mulata a su “amita” respondiendo a la interminable curiosidad que le despiertan los hechos de la reciente Buenos Aires. Estas historias se encuentran en el libro de Perla Zelmanovich, Efemérides, entre el mito y la historia. Su desarrollo generalmente parte de una pregunta que instala la niña Eugenia al momento de ir a acostarse e irrumpe en los recuerdos o las observaciones que Clementina tiene de los sucesos.

Cada vez que vuelvo a leer o contar alguna de estas narraciones vago entre la hilaridad del personaje central y las convicciones de una sociedad en plena transformación, muchas veces acosada por intereses extranjeros y siempre objeto de disputa entre los poderosos y los que intentan torcer destinos inexorables de dominación por parte de los poderosos.

En cambio con Misteriosa Buenos Aires de Manuel Mujica Lainez, me sumerjo una y otra vez en los recovecos menos explorados de lo que fue la primera aldea y posteriormente la naciente ciudad de Buenos Aires. Historias inquietantes, pobladas de misterio, magia y sombras que oportunamente ocultan los devenires de una vida por siempre dura, controvertida entre sumisiones y rebeliones, entre tradiciones señoriales y tradiciones primitivas, colmadas de personajes vastos y variados de los interminables estratos sociales que desde los inicios fueron fundantes para lo que hoy somos y no somos como argentinos. Ambos textos son un pequeño aporte para forjar algunos rasgos de identidad argentina en la Buenos Aires antigua, quizás si podemos volar en el tiempo valoremos lo que han hecho nuestros ancestros para forjarnos un porvenir como patria, porque hoy más que nunca deberíamos comprender el alcance de esta palabra como un maravilloso sustantivo colectivo.

Desde el 1500 hasta el 1900 este libro los sorprenderá a cada vuelta de página.

Tengan cuidado de no quedar atrapados entre sus misterios como me ocurrió a mí…

 

 

 

Leer para no morir, leer para vivir o vivir para leer.

 

En tiempos de pandemia cuando parece que todo el mundo tambalea y aquellas certezas que creíamos conquistadas se desvanecen en el aire, nos queda la lectura de un buen libro como recurso tangible.

Me pregunto que sería de aquellos que no suelen acercarse a la lectura si en lugar de una pandemia sanitaria sufriéramos una pandemia tecnológica. Si un virus maligno se colara por las venas de la informática y colapsaran los medios de comunicación. Si Netflix entrara en terapia intensiva y Amazon saturara a bajísima frecuencia. Si las fibras ópticas sufrieran una embolia, si los satélites ingresaran en una zona obstruida por cepas meteóricas y los televidentes además de perder el gusto y el olfato perdieran contacto con las emisoras.

¿Colapsaría la humanidad? Me gusta pensar que si todo esto ocurriera siempre tendremos los libros… Los gloriosos textos impresos, de tapa dura, de tapa blanda, de bolsillo o de edición clásica, los artísticos o los bibliográficos, libros, libros, libros.

Cuando me sumerjo en esta idea se abre una galaxia increíble e imagino a los iletrados descubriendo un universo de historias posibles e imposibles, pensadas e impensadas, listas para ser descubiertas como quien profana un tesoro o una tumba oculta entre las arenas del tiempo.

Así pasarían ante esos ojos ávidos y nuevos, joyas literarias, novelas, policiales, antologías, sagas, cuentos, obras de teatro y muchísimos otros modos posibles de transitar la lectura.

Para quienes quieran explorar este vasto universo van algunas recomendaciones de mi propia bitácora de viaje.

La saga de los confines – Liliana Bodoc

El plan infinito – Isabel Allende

Mujeres de ojos grandes – Ángeles Mastretta

El último encuentro – Sándor Márai

La mujer Habitada – Gioconda Belli

Eragon (La saga) – Christofer Paolini

Doce cuentos peregrinos – Gabriel García Márquez

Dictadoras – Rosa Montero

El corazón helado – Almudena Grandes

Misteriosa Buenos Aires – Manuel Mujica Láinez

Prohibido suicidarse en primavera – Alejandro Casona

La cola de la sirena – Conrado Nalé Roxlo

LA EDUCACIÓN: BIEN, GRACIAS

“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.  Eduardo Galeano

Hoy el interrogante de quienes somos ha tomado unas dimensiones inconmensurables, los argentinos y las argentinas en el día de ayer asistimos a un espectáculo deplorable en el que el desentendimiento, la falta de apertura para analizar más allá de las cifras y la hipocresía nos han dejado al descubierto un país en el que la educación y la salud se ha vuelto objeto de meras estadísticas.

Con asombro hemos sido testigos una vez más del desatino de nuestros gobernantes, toda la ciudad de Buenos Aires en vilo frente a las pantallas esperando la confirmación de si las escuelas de CABA respetaban o no el DNU enunciado por nuestro presidente. Momentos de intensa angustia para las escuelas, sus directivos, sus docentes y sus comunidades, luego de haber elaborado durante el viernes hasta altas horas de la noche herramientas y dispositivos para asumir por dos semanas la virtualidad aparece en los medios la noticia de un posible recurso legal para desandar lo enunciado. Y otra vez podemos hablar de la falta de empatía, de los excavadores de grietas, de los artificios que se utilizan para desarmar, para esgrimir con descaro que lo que se pretende cuidar es la educación, la escuela, las infancias, la cultura.

Ni la más cruenta historia de “Misteriosa Buenos Aires” de Mujica Lainez hubiera perfilado una historia tan desatinada, ni “Los cuento de la Tía Clementina” de Perla Zelmanovich rememorando las interminables desinteligencias de la colonia y sus cinchadas entre variados intereses podrían haber imaginado semejante desafuero.

¿Será que así somos? ¿Qué hacemos para cambiar entonces lo que somos? 

Se llenan la boca hablando de los derechos de los niños y las niñas a la educación y olvidan el concepto fundamental de garantizar la salud y la seguridad de todos y todas.

En esta historia no sucede como en los cuentos de hadas en los que aparece el personaje mágico con la solución inesperada, sin embargo como en los cuentos fantásticos el camino del héroe está lleno de obstáculos para lograr su tarea y cada prueba superada es un aprendizaje que deviene de sus decisiones, que lo cambian, lo modifican y lo construyen como otro sujeto, uno nuevo que surge de su propio accionar. Quiero creer que somos capaces de emprender ese camino con conciencia social, que somos capaces de escribir una historia diferente en la que no primen los intereses económicos ni político partidarios sino los que hacen de este país un lugar deseado para crecer y vivir.

En plena PANDEMIA mundial aquí seguimos lidiando con los ombligos de siempre mientras nuestros docentes esgrimen sus escasas herramientas para enfrentar al temible dragón, y es que nadie se salva solo, para vencer al dragón necesitamos juntarnos y formar una masa de seres humanos conscientes de que sólo venceremos si empujamos todos hacia la misma dirección. 

En lo personal intento hacer para cambiar lo que soy, lucho contra lo injusto, lo precarizador, lo que nos vuelve objetos en lugar de sujetos. Quiero creer que aún tenemos fuerza para hacernos escuchar y exigir que la justicia ejerza las leyes por el bien público, en forma prolija y ecuánime.

Quizás debamos volver a leer “Don Quijote de la mancha” para inspirarnos en las palabras de Miguel de Cervantes: 

Un pueblo que se siente protagonista de su propia acción la avala y se convierte en un verdadero actor de la transformación y el cambio.


¿Qué será de la literatura con el lenguaje inclusivo?

¿Qué será de la literatura con el lenguaje inclusivo?

 

Pareciera que el mundo se ha puesto divisionista, todo puede estar en un lado o el otro de la calle, de un lado o del otro de la justicia, de un lado o del otro de las normas, de un lado o del otro de la vida. Y sin embargo no existe otra verdad posible que la de convivir, o sea vivir-con, pero en ese convivir es necesario respetar, considerar, valorar e incluso generar lo común para ser comunidad sin borrar las diferencias pero permitiendo la equidad.

Y como no puede ser de otro modo, el lenguaje viene a cuestionarnos TODO, ¿Qué pasa con el lenguaje cuando de nombrar un TODO se trata?, ¿A quiénes interpelamos cuando utilizamos el género en una palabra que implica la totalidad de la población?

Todo comenzó mucho antes del uso de la E como propuesta de contener en esa letra a todos los géneros, puedo remontarme a la resistencia en los cambios en la lengua sólo con recordar que todavía hay gente que prefiere decir “La Señora juez” o “La Señora ministro”, en vez de la jueza o la ministra. Aquí en nuestra querida Argentina aún repercuten las voces que debaten si era correcto enunciar como presidenta a quien ocupara ese cargo durante 8 años, ¿Por qué no sostener “la Sra. presidente de los argentinos” en lugar de” la presidenta de los argentinos”? Debo confesar que fue parte de mi debate interno y que aún lo es, como escritora siento tremendo respeto por las palabras, su poder y su impronta en el mensaje a transmitir. Sucede que hablar puede resultar más sostenible pero escribir…

Escribir es inscribir, es grabar en, y eso tiene un peso superlativo. Pero a medida que transcurre el tiempo y que el uso de la E en lugar de la A y la O cobra sentido, las certezas se desdibujan y comienza a palpitarse el lenguaje que va mucho más allá del idioma.

En el discurso de las y los jóvenes aparece la justificación tan clara que nos arrasa, suelen decir: “al cambiar las A y las O por las E ya no necesito suponer que el otro es varón, o mujer o lo que sea, simplemente lo nombro, sin necesidad de identificarlo con un género determinado”.

Sin embargo aparecen posturas un tanto más rígidas que nos indican que el español diferencia entre todos y todas, pero no existe la palabra todes.  Ciertamente no aparece en el idioma pero sí aparece en el lenguaje, entonces, a la hora de nombrar, de escribir, de decir, intentar tapar con un dedo tremendo rayo de sol no sólo es una impronta soberbia, sino que es una tarea imposible. Porque los pueblos hablan, cantan, expresan y cuentan, así ha sido toda la vida y las instituciones parecen olvidar la institución de la voz popular, la que no se acalla sino con dictámenes dictatoriales.

Desde la literatura entonces ¿Cuál debe ser la postura?, ¿Qué hace un autor o autora frente al dilema que se presenta al momento de nombrar una totalidad?, en mi caso digo o escribo: los chicos la mayoría de las veces porque me aferro a que no es por género e incluye a toda la serie de infantes pero luego digo las chicas y los chicos o ¿Me tiro de cabeza a un mar de tinta y escribo les chiques?

Confieso que cada vez que me siento a escribir me paro ante ese dilema, porque una puede elegir cómo escribir pero lo que no puede elegir ya nunca más es decidir cómo se nombra inexorablemente con el lápiz, con tinta, en la computadora o en la Tablet, el vacío en la hoja te interpela ¿Cómo los vas a nombrar?

Más allá de lo que me diga la academia el lenguaje inclusivo no es la única manera de incluir grupos diversos, puedo decir por ejemplo “Las personas que asistieron” en lugar de los asistentes o “la humanidad” en lugar del hombre.

Cada vez más cuando lo pienso siento que el lenguaje inclusivo funciona en gran parte como una marca de identidad, así como algunos grupos se llaman hermanos y hermanas o compañeros y compañeras, quienes se resisten a adoptar una visión binaria del género social, eligen llamarse chiques, amigues o estimades. 

Entonces ¿Qué autoridad tenemos los escritores de literatura a juzgar lo dicho o escrito?, cada cual sabe si su decir incluye realmente o no a todes. Quizás a algunas y algunos nos cueste más escribirlo o decirlo aunque nos sintamos absolutamente inclusivos. 

Sin importar que postura tomes, la forma en la que hablas y la forma en la que ves el mundo están íntimamente relacionadas, porque vemos el mundo a través de las palabras que usamos para describirlo, y quizás para cambiarlo.

 


domingo, 27 de diciembre de 2020

Respiro para respirar

 

Son muchas las veces que me siento frente al teclado con mil y una frustraciones que desesperada vertería sobre la página en blanco, me lo propongo llena de sensaciones encontradas, casi desesperada por intentar comprender lo incomprensible o lo inconmensurable. Sólo rozar el teclado y ya comienza a producirse la alquimia, la transformación de aquello que invade por aquello que busca ser nombrado, entonces, silencio...

Suele suceder que cuando podemos nombrar aquello que nos pasa y traspasa se pierde la impronta de los impulsos desmedidos y la mayoría de las cosas empiezan a encontrar lugares donde posarse, así me sucede muchísimas veces, así me sucedía luego de una sesión de análisis a la que llegaba estallando en llanto con una mezcla de inexplicables contradicciones y por supuesto muchas flechas apuntando hacia algún culpable que me provocaba dolor, incertidumbre, furia, desazón, frustración y otros sentimientos desagradables. Bastaba con escucharme decir aquello para sentir casi lo mismo que les cuento al inicio de esta nota, nombrar los sucesos, descubrirme partícipe de ellos y encima poder "leer" en ese relato cuántas de las emociones eran provocadas por lo que yo esperaba que pasara y no por lo que el otro u otra accionaba comenzaba a diluir el motivo de mi llanto para dejar paso a uno más genuino, más auténtico, más mío y por ende mucho más sanador.

Aferrarme a la vida es en mí casi una necesidad primitiva, y cuando digo esto no hablo de sobrevivir, no, hablo de tomarme desesperadamente de lo vital, lo que construye, lo que me provoca respirar. Respiro cuando enseño, cuando cocino, cuando creo manualidades o artesanías, cuando canto, cuando acuno, cuando reparo cosas y cuando ESCRIBO, aunque a veces al borde de la falta de oxígeno por bailar también respiro. Me considero afortunada, la vida me confrontó de muy pequeña a la energía mortífera de mi madre y eso en lugar de hundirme me provocó patalear para salir a flote, a los tumbos, golpeada y amoratada, ahogada en llanto o en bronca, pero viva, siempre viva para seguir haciendo.

Hoy necesitaba escribir, una frustración estúpida, una desinteligencia, un desencuentro estaba volviéndome amarga, me congelé por un momento como en muchas ocasiones, pero entonces el golpeteo de las yemas de mis dedos contra las teclas de la notebook inició la famosa alquimia de las palabras, nombrar las penas, nombrar las broncas, nombrar lo que nos asusta o nos angustia parece calmar las marejadas de tristeza que me agobian en algunos momentos. Dejar de ver lo que otrx me hace para mirar lo que veo en ese otrx apacigua el ánimo y permite dar paso al pensamiento que propone la acción, así me sucede.

Mi analista muchas veces me dijo que a cada paso lo que hacía la diferencia era la elección que tomaba cada vez, esa capacidad que siempre tenemos a la mano pero que preferimos dejarla en las de otrx para poder continuar mecidos por la queja. 

Entonces intuitivamente me dirijo al diccionario, les confieso que es una práctica maravillosa, y busco antónimos de "queja":

Satisfacción, bienestar, consuelo, diversión, deleite, esperanza. Me quedo aquí y cierro la notebook.

Hasta pronto.


martes, 17 de noviembre de 2020

Docente hasta el final.

Que rabia incontenible, que impotencia, que fuerza visceral sube por mis entrañas cual lava ardiente a punto de generar el estallido de un volcán que lleva años de escuchar cómo se habla y deshabla sobre la carrera docente. 39 años para ser más exacta, empecé el profesorado con mis jóvenes 18 Sra. Soledad Acuña, corría el 1981 y trabajaba de 9 a 17hs.en una oficina del centro, salía de allí corriendo para llegar a horario al Normal N# 3 a la primera cursada del turno vespertino. Toda mi carrera la hice mientras trabajaba 8 horas para ayudar a parar la olla. 
No la cursé por baja cultura, tuve la dicha de ser criada en una familia humilde en extremo de la moneda corriente, pero rebosante de libros  pensamiento e ideales de libertad e igualdad.
Me acunó una abuela que huyó de la  España franquista, me crio un papá que sólo curso hasta segundo grado en Coruña pero que tenía un nivel cultural irrebatible gracias a su capacidad de autodidacta, con un "don de gente" del que Ud. carece irremediablemente.
Siempre supe que quería enseñar, siempre supe que quería escribir , siempre soñé que podría hacer con mis alumnxs un mundo mejor, otra vida posible en la cual el valor estuviera puesto en lo que sabemos hacer y no solamente en lo que certifica un título.
Hoy me pregunto cómo llegó Ud. a ocupar su cargo, si no ama la pregunta incipiente, la duda pugnante, la transgresión del que crea, la pasión y la razón en constante tensión, la lucha constante por los derechos de los sujetos, el poder irrevocable del error, la necesidad constante de la pregunta, la convivencia diaria con la inquietud, las decisiones éticas y políticas cotidianas... Esas que nos invitan a compartir las galletas en una panera para que las "melbas y las rumbas" convivan con las "criollitas y las maná".
Con su corta visión se da el lujo de hablar de lxs docentes denostándonos, generando dudas acerca de las posiciones que debemos tomar ante nuestras grupalidades, chuceando cual opinóloga barata a las familias para que denuncien a aquellos docentes que toman posiciones políticas ante problemáticas o contenidos de la sociedad. 
Me da vergüenza ajena, me indigna, me lastima, pero también me provoca, me subleva, me despierta y me pone en pie de lucha. Cuando quiera la espero, podemos hablar horas de lo que significa la docencia, de quienes la eligen y hacen de ella su razón y modo de vida. 


¡Orgullosamente maestra!

María Julia Rodriguez