jueves, 26 de agosto de 2021

Yo tengo el corazón mirando al Sur

 

Fue así, de pronto, terminaba de narrar unos mini relatos de Mario Benedetti a los que acompañé con las estaciones de Astor Piazolla y no sé si nuestro Río de la Plata al que absurdamente llamamos el charco, creció sobre la Avenida Corrientes y cual leche que se derrama se desplazó desde la costanera hasta Villa Devoto. Lo cierto es que una extraña nostalgia se apoderó de esta pluma de tinta azul, la que elijo cuando hay que escribir desde las entrañas, y sin preámbulos comenzó a resonar en mi cabeza el maravilloso tango de Eladia Blázquez, El corazón al sur.

El corazón al sur, el corazón al sur… Casi como la sístole y la diástole de los llamados porteños las frases repiqueteaban en mi pecho y en mi cabeza, porque yo tengo el corazón mirando al sur, a esta tierra forjada a base de tropezones y caídas, de golpes y contragolpes pero de una extraña fortaleza que nos hace resilientes de la vida.

No sé si la intensa mezcolanza de ADN nos hizo así, algo tangueros, algo gringos, algo aborígenes pero intensos como la misma peste diría mi abuela, caemos y no nos quedamos mirando el suelo porque levantamos la cabeza y allí en nuestro trozo de cielo está ella, la cruz del sur. Está la vastedad de la pampa y el desparpajo de la cordillera y los deltas y los valles y los glaciares imponentes y el faro del fin del mundo y nosotros, los habitantes de este suelo.

Y me invade un sentimiento que en ocasiones siento bastante colectivo, una cálida pertenencia, y ruego porque dejemos de mirar hacia el Norte o hacia el Este y concentremos la mirada al sur, con sus vientos de lucha, su cotidianeidad airada y a veces airosa, con su hacer artesanamente, esa capacidad obrera que heredamos de nuestros abuelos y abuelas, de nuestros ancestros nativos, de los humildes del traste del mundo.

Eladia dice: La dulce fiesta de las cosas más sencillas…

Por eso creo que acá, en este cono de tierra, en este triángulo agudo que apunta al Sur y bien al Sur, las cosas tienen que durar, y nos aferramos como locos desquiciados a los afectos, a las creencias y a las viejas e interminables disputas, porque sólo así nos sentimos vivos.

 

Maruxa

 

 

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